miércoles, 21 de marzo de 2018

Plantas autóctonas sí, pero no a cualquier precio


La mayoría de los frutos generados por nuestras plantas silvestres, se producen y maduran a lo largo de la primavera, verano y principios de otoño. A través de las diferentes formas de dispersión, acaban su viaje en el suelo, engrosando el banco de semillas. Si las condiciones ambientales, sobre todo en cuanto a temperatura y humedad, son propicias, una gran parte de las semillas allí depositadas podrían germinar a lo largo del otoño, y las jóvenes plántulas se verían abocadas a tener que hacer frente a los rigores del invierno con muy pocas garantías de éxito.

 Por esta razón, muchas semillas presentan diferentes mecanismos de letargo que posibilitan el retraso de la germinación, hasta que las condiciones ambientales sean favorables a la supervivencia de la plántula. Gracias al letargo, una semilla viable, en unas condiciones ambientales que le son propicias para germinar, detiene su desarrollo, debido a factores estructurales o fisiológicos. Se trata de un mecanismo adaptativo, cuya función es asegurar la supervivencia del banco de semillas del suelo.

Por el contrario, el reposo de una semilla, cuyo concepto se suele identificar con el anterior, es aquel que se presenta cuando se detiene el desarrollo de la semilla por la ausencia de factores ambientales apropiados para su germinación (temperatura, agua, oxígeno).

Los mecanismos de letargo son variados. Hay externos: mediante cubiertas duras, que ofrecen resistencia mecánica e impermeabilidad a factores desencadenantes de la germinación, como pueden ser el agua o los gases; o mediante la presencia de sustancias inhibidoras en la superficie de la semilla. También, hay factores internos que inducen letargo y que proceden de la propia semilla.



Frutos de endrino (Prunus spinosa)

Semillas de endrino (Prunus spinosa) una vez eliminada la pulpa que las rodea. Resulta frecuente que la pulpa de los frutos  posean sustancias que provocan letargo


En cualquier caso, las semillas que poseen estas adaptaciones deben romper los letargos para poder germinar.

En la naturaleza, donde el tiempo no es un factor limitante, las semillas abandonan este estado tras pasar periodos de tiempo variables, en ocasiones hasta de varios años. Sin embargo, en un vivero de planta autóctona, como viveros TALAIA, cuyas plantas las obtenemos a partir de  semillas de frutos silvestres, aplicamos diferentes tratamientos con el objeto de romper los letargos y así conseguir que se produzca la germinación en el momento idóneo para optimizar el proceso productivo y para que sea, al mismo tiempo, lo más extensa y homogénea posible. En definitiva, estos tratamientos buscan reproducir las condiciones naturales que se encontraría una semilla hidratada en el suelo justo antes de su germinación. Como es lógico, cada especie es fruto de su propio camino evolutivo y, por tanto, requiere de unas particulares condiciones, lo que supone y obliga a un tratamiento específico y diferenciado para cada una de ellas.

En viveros TALAIA, producimos más de cuarenta especies autóctonas de árboles y arbustos. Para algunas especies somos los únicos productores existentes en el mercado. Todas ellas obtenidas después de llevar a cabo sucesivos ensayos y análisis orientados a romper la latencia de las semillas. Estos tratamientos se han ido elaborando mediante la observación directa de las condiciones ambientales que condicionan el desarrollo de las distintas especies, siendo esta dimensión experimental la que ha marcado la pauta para su elaboración. Precisamente, este profundo conocimiento, que tienen los técnicos de Talaia sobre los requerimientos de las plantas, ha servido, no sólo, para ampliar el abanico de especies producidas en su vivero, sino también, para afrontar con garantías de éxito, los diferentes trabajos de regeneración ambiental, que llevan realizando desde hace años.

Para la recuperación de un terreno degradado, resulta vital tanto la elección del cortejo de especies adecuadas a las condiciones ambientales, como la valoración acertada del grado de degradación que presenta su suelo. Este último factor, a veces no tenido en cuenta, posee una gran importancia y puede condicionar mucho la selección de las plantas más apropiadas. Existen numerosas actuaciones, que, pretendiendo conseguir una cobertura arbórea rápida, han terminado en fracaso, debido a la presencia de un suelo erosionado que no reunía las condiciones apropiadas para sustentar este tipo de vegetación.

 La experiencia nos dice que ser menos ambiciosos e impacientes conduce, en la mayoría de las ocasiones, a obtener unos mejores resultados. Por ello, suele ser más prudente, para recuperar espacios degradados, empezar introduciendo especies arbustivas, subarbustivas o incluso herbáceas, que preparen el camino al asentamiento posterior de plantas con mayores requerimientos, como es el caso de los árboles. Conocedores de esta realidad, en viveros Talaia, nos esforzamos en producir un importante y variado número de especies arbustivas, que utilizamos en nuestros trabajos como punta de lanza y que han demostrado ser aliadas de primer orden.

Otro factor de gran importancia, que puede marcar la diferencia entre una recuperación ambiental exitosa o fallida, lo constituye el origen de la semilla. En muchas ocasiones cuando se abordan repoblaciones con especies propias del lugar, se comete el fallo metodológico de  emplear planta producida en zonas o, incluso, países alejados del área de actuación. Tal es el caso de robles o hayas traídos de viveros situados en la Rioja o en Bélgica para ser plantados en la región cantábrica. Efectivamente, podríamos estar hablando de la misma especie, pero no del mismo ecotipo, entendiendo por ecotipo aquellos individuos pertenecientes a una determinada especie que se han desarrollado bajo unas concretas condiciones ambientales.

En viveros TALAIA, además de cuidar el origen de las semillas para que exista una concordancia entre su área biogeográfica y la zona donde finalmente se coloca la planta, el propio proceso de producción está enfocado, desde el principio, a la obtención de ejemplares sanos, fuertes y bien adaptados. Así, la estancia dentro del invernadero en el proceso productivo, se restringe únicamente a la fase de siembra y germinación, ya que, durante este periodo, son necesarias unas condiciones más estables y benignas que faciliten el proceso.


Frutos de endrino (Prunus spinosa) recién germinados con presencia todavía de  hojas embrionarias

Una vez las jóvenes plántulas se desprenden de sus hojas embrionarias y comienzan a aparecer las hojas verdaderas, son transportadas al exterior, siguiendo un proceso de aclimatación gradual, para que a partir de ese momento las plántulas, comiencen a desarrollarse y crecer por sí mismas, expuestas a los agentes atmosféricos. De esta forma logramos obtener unas plantas especialmente duras y resistentes, capaces de afrontar la difícil tarea de recolonizar terrenos degradados. No debemos olvidar que, aunque estemos hablando de seres sin cerebro, las plantas poseen memoria y son capaces de elaborar respuestas en base a un aprendizaje previo, de forma que responden mejor a un factor estresante si anteriormente han sido sometidas a ese estímulo.

Por tanto, concluyendo, aunque se hable de especies autóctonas, en el sentido de especies propias de una zona, no todas poseen las mismas características y, en consecuencia, no son garantía de éxito por sí mismas, pues, como hemos podido ver, son numerosos los factores que determinarán su óptima respuesta. 




martes, 6 de marzo de 2018

TALAIA COMBATE LA EXPANSIÓN DE LA INVASORA HIERBA DE LA PAMPA EN ORTUELLA

Con la dirección técnica de Talaia y el trabajo del Voluntariado Ambiental de la Red Plural/Anitzak, iniciamos en 2014 un proyecto contra la colonización de la planta invasora la hierba de la Pampa (Cortaderia selloana). Estamos trabajando en una parcela piloto situada en la Balsa; este espacio es un parque periurbano del municipio de Ortuella (Bizkaia), recuperado medioambientalmente gracias al trabajo y colaboración de esta asociación y nuestra empresa.

La hierba de la Pampa o plumero procede de América del Sur, fue introducida  como planta ornamental por las vistosas macollas que forma rematadas por inflorescencias en penacho. Actualmente se encuentra plenamente naturalizada en ambientes antropizados, es decir, creados por la actividad humana, tales como taludes, desmontes, bordes de caminos y carreteras y terrenos baldíos, entre otros. En la Península Ibérica, aunque está presente en gran parte del territorio, es especialmente abundante en Asturias, Cantabria y el País Vasco, con un carácter marcadamente invasor. El plumero está modificando fuertemente el paisaje. En la cornisa Cantábrica es, en el momento presente, uno de los problemas ambientales más relevantes; habiendo modificado fuertemente la fisionomía del paisaje debido a la alta densidad que alcanza en los terrenos que ocupa y a su elevado porte.  Esta especie, como lo hacen todas las plantas invasoras, desplaza a las poblaciones autóctonas, ocupando sus potenciales ubicaciones dentro del territorio, ocasionando una notable pérdida de biodiversidad.

La hierba de la Pampa ocupa taludes y márgenes de vías públicas transformando de manera significativa la fisionomía del paisaje


Aspecto de las macollas florecidas de la hierba de la Pampa (Cortaderia selloana)

En el año 2009 iniciamos los trabajos de recuperación medioambiental y puesta en uso público de la Balsa como parque periurbano. Tras algunos años de actuaciones, pudimos observar como en una zona puntual de este parque, ocupada fundamentalmente por terrenos de relleno de la actividad minera, estaba siendo colonizada por el plumero. Valoramos el problema y nos propusimos establecer un plan de acción para erradicarlo. Como hemos comentado, en este proyecto, todavía en fase de ejecución, Talaia, está ejerciendo la función de dirección técnica y coordinación. La Red Plural/Anitzak aporta el trabajo del Voluntariado Ambiental y las campañas están siendo subvencionadas por el Ayuntamiento de Ortuella y el Departamento de Medio Ambiente y Política Territorial del Gobierno Vasco.

Estado de la parcela  colonizada por la hierba de la Pampa antes de iniciar las actuaciones. Para controlar su expansión se cortaron las inflorescencias con anterioridad a la extracción de las macollas.
Como preámbulo en la descripción de la metodología que estamos aplicando, es preciso aclarar que la lucha contra cualquier especie invasoras es siempre muy difícil y el éxito no está nunca asegurado. 

Igualmente hay que tener en consideración que las macollas de hierba de la Pampa no se pueden extraer de forma manual; se requiere maquinaria y trabajadores especializados provistos de equipos de protección individual, pues entre la potenciales causas de accidente se encuentra la de sufrir heridas al manipular las hojas, cuyo contenido en cristales de sílice las hace muy cortantes. Otra cuestión  que hay que tener muy presente cuando se va a abordar la eliminación  de esta planta invasora, es que el volumen de los restos vegetales que se obtienen tras la extracción de los plumeros, es ingente, por lo que previamente hay que planificar el modo de acumulación y eliminación de los mismos.

En la lucha contra la expansión de la hierba de la Pampa, habitualmente se está procediendo a la mera eliminación de las macollas recurriendo a la extracción mecánica, quema y/o aplicación de herbicidas, mayoritariamente de glifosato; el cual, no es en absoluto inocuo para el medio ambiente. Con el simple seguimiento y observación de las parcelas así tratadas, se observa que en la casi práctica totalidad de las ocasiones, las plantas vuelven a rebrotar, lo cual, conociendo la biología y propagación de  esta especie, es lo esperable. Luego, esta forma de proceder es ineficaz y lo único que se consigue es dilapidar esfuerzos y recursos. 


En la imágen se ha procedido al corte de la parte aérea y posterior quema de macollas de la hierba de la Pampa, pudiéndose observar el rebrote de las plantas.



Cuando la extracción de la parte subterrénea  no es completa, la planta vuelve a rebrotar de raiz, como se observa en la imagen.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, el plan de trabajo que nos fijamos en Talaia y que estamos llevando a cabo es el siguiente:

   1- Extracción mecánica de las macollas mediante empleo de una excavadora.
    2- Eliminación de los restos vegetales y transporte a un vertedero controlado.
   3- Plantación en alta densidad de árboles y arbustos autóctonos propios de la serie de vegetación potencial de la zona.

    4- Tareas de seguimiento y control de la parcela de intervención: eliminación de rebrotes del plumero, desbrozado selectivo manual de especies adventicias, especialmente de zarza (Rubus ulmifolius) y plantaciones de refuerzo.



Extracción y acumulación de restos vegetales del plumero de la parcela de intervención en octubre de 2014.




Las primeras plantaciones se llevaron a cabo durante el invierno 2014-2015


A la vista de los resultados obtenidos hasta ahora, podemos concluir que este método de trabajo está siendo eficaz. Hemos logrado buenas tasas de arraigo de los ejemplares plantados, al tiempo que el rebrote de plumeros es mínimo. Cortaderia selloana es una especie heliófila con predilección por terrenos pobres y abiertos. Esto nos hace pensar que según progrese la cobertura vegetal en la parcela de intervención, la probabilidad de recolonización se verá reducida.

Con estas prácticas ambientales, no solamente estamos consiguiendo eliminar el plumero, sino que además se está logrando la recuperación del bosque autóctono, por lo que el beneficio es doble.

En vista de los resultados que estamos obteniendo, creemos que esta forma de trabajo constituye una metodología eficaz y aplicable en la lucha contra la expansión de esta especie invasora.

En cualquier caso, no hay que bajar la guardia ante el gran potencial invasor de esta planta, sin olvidar, al mismo tiempo,  que esta forma de proceder precisa de inspecciones periódicas para controlar, por una parte,  la aparición de posibles rebrotes y por otra, evaluar el estado y progresión de las zonas plantadas.




Estado actual de la parcela de intervención. Se puede observar la ausencia de plumeros y el buen estado de los arboles y arbustos plantados.

viernes, 26 de enero de 2018

Plantas autóctonas versus plantas invasoras


La dispersión de los organismos es un suceso que se da en la dinámica de poblaciones de forma natural. Las plantas, aunque de manera más limitada que los animales, a base de dispersar sus propágulos, en ocasiones, incluso, a distancias considerables, también poseen esa capacidad. Así, la distribución de las comunidades vegetales ha ido variando a lo largo del tiempo. De hecho, aquellas que encontramos hoy día poco o nada tienen que ver con las que hubo en épocas pretéritas. Factores climáticos y edáficos han ido configurando, en cada momento, las distintas comunidades vegetales. El enorme avance que tuvieron los hayedos durante el último periodo interglaciar, a costa de desplazar otras especies caducifolias, es un ejemplo de lo que vamos diciendo.

 Para lograr esta dispersión, las plantas se valen de diferentes vehículos: el viento, con diásporas de poco peso o de gran superficie, materializadas en expansiones plumosas, aladas, etc.; el agua, con diásporas hidrófobas o con vesículas aéreas, que le ayudan a flotar; los animales, que pueden actuar como vehículo al trasportar las semillas,  bien en su interior o en su exterior (para el primer caso, las diásporas se dotan de olores y colores atractivos; para el segundo, de estructuras que le ayudan a engancharse); dispersión propia, en aquellos casos que la planta puede lanzar sus diásporas por sus propios medios; el hombre, cuyo papel ha sido de gran importancia a lo largo de la historia por su gran capacidad de traspasar barreras infranqueables para otros organismos – sin duda alguna, esta facultad se ha incrementado  considerablemente en los últimos doscientos años y, por ende, el propio movimiento de especies.

La introducción propiciada por el hombre de especies exóticas, fuera de su área de distribución natural, puede ser de forma intencionada, como ha ocurrido en numerosos casos de jardinería, obra pública o explotaciones forestales, o de forma involuntaria, a través de transportes de mercancías, turismo, etc.

Antes de avanzar es conveniente aclarar qué se entiende por especies exóticas y especies autóctonas. Si atendemos al origen de las especies, y a su capacidad de dispersión y transformación del medio, se denomina especie nativa o autóctona “aquella que pertenece a la zona donde ha evolucionado de forma natural y que se considera propia de una determinada región geográfica”.  Especie exótica “es la que se encuentra fuera de su área de distribución natural y que ha sido incorporada de forma voluntaria o no, por el hombre en zonas que no podría colonizar por sus propios medios.”; sinónimos de exótica  son foránea, alóctona o introducida, entre otros. En cuanto a las especies exóticas cabe distinguir: Especie exótica invasora, “es aquella especie que se propaga a gran velocidad en una zona en la que consigue establecerse, alterando la estructura y funcionamiento de los ecosistemas y causando daños ecológicos, socioeconómicos y/o sanitarios”; Especie naturalizada, “aquella que mantiene poblaciones durante varias generaciones (o por un mínimo de 10 años) sin la intervención directa del hombre, reproduciéndose por semillas o vegetativamente (rizomas, tubérculos, bulbos, etc.)”.

Cuando una especie exótica se introduce  en un nuevo ecosistema, tiene que pasar una serie de filtros para poder prosperar. Entre ellos podemos destacar: fisiológicos, capaces de dificultar una correcta adaptación a las nuevas condiciones ambientales; bióticos, factores de competencia con las especies ya establecidas; numéricos, cuando el número de colonizadores se muestra insuficiente, a pesar de que el hábitat pueda ser propicio a la especie. Estos filtros explican el fracaso de muchas de estas especies, que nunca llegan a naturalizarse. Sin embargo, en ocasiones consiguen traspasar estos filtros y la nueva especie comienza a reproducirse y a competir por los recursos con las plantas autóctonas, convirtiéndose, de este modo, en un agente de cambio, con consecuencias imprevisibles. 

Entre los caracteres propios que pueden favorecer que una especie exótica se convierta en invasora se encuentran: alta capacidad reproductiva, tanto sexual como asexual; alta capacidad de dispersión; adaptaciones que favorecen la propagación de las semillas a corta y larga distancia; ecología de las semillas (longevidad, posibilidad de permanecer en estado de latencia, etc.); crecimiento rápido hasta alcanzar capacidad reproductora; gran plasticidad frente a cambios ambientales; presencia de órganos de reserva. 

Rebrote de Crocosmia x crocosmiiflora a lo largo de un arroyo

Tuberobulbo de Crocosmia x crocosmiiflora a partir del cual se desarrollan pequeños bulbillos que sirven para propagar la especie



En primer plano ejemplares con fruto de Baccharis halimifolia originaria de la costa este de América del Norte e introducida como planta ornamental en zonas costeras por su tolerancia al ambiente salino. En la actualidad se encuentra ampliamente distribuida por el norte de España colmatando marismas y desplazando a las especies autóctonas. Debido a su escasa palatabilidad es rechazada por la mayoría de herbívoros.

Detalle del fruto de Baccharis halimifolia. Está considerada una de las especies productoras de semillas más prolíficas que se conocen. Puede generar problemas de alergia.

A estos factores podríamos añadir el incremento competitivo, que se produce cuando la especie es capaz de sintetizar sustancias químicas (alelopáticas), capaces de inhibir la germinación o de interferir en la absorción de nutrientes de las posibles plantas competidoras. Por otra parte, al tratarse de sustancias completamente novedosas, resulta frecuente que las especies nativas se encuentren totalmente indefensas frente a ellas. En ocasiones incluso, estas sustancias pueden llegar a ser tóxicas para la fauna local.

Pero ciertamente el impacto invasor que puede tener una especie no depende sólo de ella, sino también de la resistencia que ofrezca el nuevo entorno a ser colonizado. Así, se ha visto que existe una estrecha relación entre la introducción y asentamiento de especies invasoras y diversas alteraciones del medio, provocadas, en la mayor parte de los casos, por la mano del hombre, como son la fragmentación de hábitats, movimientos de tierras, degradación de ecosistemas, pérdida de biodiversidad, prácticas extractivas e incrementos de vías de comunicación.


Expansión de Hierba de la Pampa (Cortaderia selloana) junto a carretera y mina con abundantes terrenos degradados

Habría que añadir, también, condicionantes ambientales, como son, entre otros: la temperatura, ya que cuanto más benigno es el clima más fácil se produce la colonización, lo que ocurre sobre todo en zonas cercanas a la costa; la disponibilidad de agua, ya que episodios de sequía –por otra parte, cada vez más frecuentes y prolongados, a causa del cambio climático que estamos padeciendo-  provoca el debilitamiento de las plantas ya asentadas.

Indudablemente, como consecuencia de las nuevas relaciones de competencia que se establecen por la luz, el espacio, el agua y los nutrientes, la introducción de una especie exótica en un determinado ecosistema supone un factor de cambio, que afecta a su estructura y función.

Asimismo, la proliferación descontrolada de especies exóticas provoca problemas importantes, derivados de su origen: al no haberse producido una coevolución entre ellas y los organismos responsables de la degradación de la materia orgánica, presentes en el suelo, cuando mueren o pierden las hojas, hay, en numerosas ocasiones, enormes dificultades para su descomposición, acumulándose en el suelo durante largos periodos y secuestrando, al mismo tiempo, los nutrientes necesarios para otras plantas.  

La hibridación entre diferentes especies, con la consiguiente pérdida de potencial genético, puede ser otro problema añadido.

Como hemos visto, las razones por las cuales una planta exótica se puede convertir en invasora son muchas y muy complejas. Ahora bien, hay una serie de consideraciones que deberíamos tener en cuenta:

  • Cuando se introduce de forma deliberada una nueva especie, aunque sea con fines ornamentales, son tantos los factores que se ponen en juego, que es imposible predecir lo que puede pasar, si “escapa” y llega a naturalizarse. Existen múltiples ejemplos que ilustran este hecho. Un caso que todos conocemos es el la Hierba de la Pampa (Cortaderia selloana). Procedente de América, fue introducida en Europa y España por sus vistosos plumeros; la  primera cita que se tiene de ella naturalizada fue en 1969 y en la actualidad se encuentra ampliamente distribuida por la Cornisa Cantábrica e islas Canarias. Otros ejemplos que ilustran introducciones con fines ornamentales y que hoy en día cubren extensas áreas son Buddleja davidii, originaria de China y Tíbet, y Crocosmia x crocosmiiflora, introducida desde Sudáfrica. A la luz de estos y otros casos podemos concluir que hacer introducciones deliberadas en busca de lo “exótico” es como jugar a la ruleta rusa; por tanto, debería prevalecer el principio de precaución. 

  •         Es imprescindible actuar cuando aún se trata de una población pequeña y localizada; de lo contrario las posibilidades de erradicación disminuyen y los costes aumentan. Además si se actúa durante las primeras fases de expansión, es más factible que podamos erradicarla mediante extracción mecánica. En cambio si esperamos a su propagación, probablemente habrá que recurrir a otros métodos, como los químicos, más problemáticos y de peores consecuencias.


Colonización de Crocosmia x crocosmiiflora en una vaguada de donde resulta muy difícil de erradicar


  •        Cuando actuamos sobre una especie invasora y logramos eliminarla de un área, debemos preguntarnos: ¿hay algún factor nuevo que impida su recolonización? ¿En la superficie afectada, han desaparecido las razones que han permitido su asentamiento y proliferación? Sabemos que muchas de estas especies oportunistas y generalistas aprovechan los espacios degradados, generalmente de origen antrópico (escombreras, taludes, cunetas, etc.), para asentarse, hacerse fuertes y a partir de ahí dispersar sus propágulos. Por tanto, si actuamos sobre estas zonas degradadas y ocupamos el espacio con plantas propias de estos hábitats, estaremos limitando el acceso de las plantas invasoras a estas plataformas, a partir de las cuales van a ir colonizando nuevos territorios. Existen numerosos ejemplos de actuaciones mal planificadas, que han supuesto un considerable desembolso, han introducido contaminantes en los ecosistemas (tratamiento con glifosato sobre la parte aérea del plumero de la Pampa) y finalmente no han llegado a cumplir el objetivo que perseguían. Recuperando estos espacios, impediremos su colonización por especies indeseadas, al tiempo que dotaremos a nuestro entorno de mayor biodiversidad y una mayor salud ambiental.

Sistema radicular de un ejemplar de Hierba de  la Pampa 

Rebrote de Hierba de la Pampa a partir de su sistema radicular a pesar de haber sido quemada la parte aérea de la planta

No es cuestión de pecar de incautos, debemos ser conscientes que no podemos poner puertas al campo y el trasiego de especies a lo largo de todo el mundo se va a seguir produciendo. Tampoco existen recetas mágicas que solucionen todos los problemas, derivados de las invasiones biológicas y es probable que muchas de ellas hayan venido para quedarse. Sin embargo, sí está en nuestras manos tratar de frenar su expansión, a base de evitar la introducción de especies sin las debidas garantías. Ahora bien, la herramienta fundamental necesariamente tiene que ser el incremento de la biodiversidad, potenciando la salud de nuestros ecosistemas y recuperando los espacios degradados. Sólo de esta forma limitaremos unas expansiones que conducen al empobrecimiento y homogeneización de ecosistemas y paisajes.





jueves, 18 de enero de 2018

Las plantas silvestres como portainjertos de árboles frutales


En ocasiones, cuando se trabaja con plantas, resulta necesario reproducir los ejemplares manteniendo sin alterar aquellos caracteres organolépticos, morfológicos, etc., que proporcionan valor a una determinada variedad. Para ello, siempre que sea posible, se recurre a la reproducción asexual, altamente conservadora. Así, se obtienen clones, individuos exactamente iguales entre sí, que conservan, de forma inmutable, las características del único progenitor del que proceden. 

Frente a esta inmutabilidad, en la reproducción sexual, en la que dos células sexuales se unen para dar un nuevo individuo, se produce una recombinación genética, que mezclará los caracteres de ambos progenitores. En este caso, el individuo resultante, diferente de sus dos antecesores, podrá reunir mutaciones procedentes de líneas genealógicas distintas que, a lo largo del tiempo, han ido facilitando la supervivencia de sus portadores, aumentando con ello la flexibilidad y la capacidad de adaptación del individuo. Así, mediante la combinación particular y diferente de caracteres en cada descendiente, una sola pareja de progenitores puede dar lugar a un linaje de una gran variabilidad. En el mundo de las plantas superiores, la unión de dos células sexuales se materializa en forma de semilla, que será la encargada de dar lugar, cuando germine, a la próxima generación.

En Viveros Talaia, conscientes del potencial que este tipo de reproducción supone, todas sus plantas son producidas a partir de semillas, extraídas de frutos recogidos de ejemplares silvestres sanos y que han llegado hasta nuestros días  pasando  por el filtro de una selección natural, que ha permitido sobrevivir sólo a aquellos individuos mejor adaptados.


Frutos de ejemplar silvestre de serbal de los cazadores (Sorbus aucuparia



No debemos olvidar que las plantas que encontramos a día de hoy en nuestros campos, cuyos frutos recogemos en Viveros Talaia, no han sido objeto desde su germinación de ningún tipo de cuidado, es decir, ellas por sí solas han prosperado tras hacer frente a todo tipo de adversidades ambientales.

Desde sus comienzos, en Viveros Talaia la producción de planta autóctona ha estado enfocada a la regeneración de zonas degradas. Se trata de un tipo de trabajo que exige plantas duras, cultivadas al aire libre y con buena capacidad de adaptación. La mejor prueba del potencial que poseen las plantas producidas en dichos viveros son los óptimos resultados de los trabajos de regeneración ambiental que venimos realizando en nuestra empresa desde hace varios años y que hablan por sí solos.

Sin embargo, la regeneración de zonas degradadas no es la única utilidad que se puede dar a la planta autóctona, ya que como veremos a continuación, algunas de sus especies se pueden utilizar como portainjertos. 

El injerto es una técnica de multiplicación vegetativa o asexual utilizada habitualmente en fruticultura. Su origen se remonta a la época imperial China (1000 a. C). Consiste en unir una parte de la planta, llamada injerto, púa o aguja sobre otra planta ya establecida, a la que se denomina patrón o portainjerto, a fin de que suelden entre ellas y puedan crecer juntas, formando, desde un punto de vista fisiológico y estructural, una unidad. En esta unión, el patrón aporta el sistema radicular al conjunto formado y, a través suyo, el agua y los nutrientes necesarios para la supervivencia. Asimismo, proporciona el sistema de anclaje de la planta. Por su parte, al injerto o variedad le corresponde aportar las hojas, flores, frutos y ramas.

Para que se pueda dar esta unión, es necesario que exista una compatibilidad entre el injerto y el patrón. Esta compatibilidad viene determinada por su cercanía taxonómica, es decir, cuanto mayor sea la cercanía evolutiva entre ambas partes, más afinidad habrá. Este es el caso de especies estrechamente emparentadas o de algunos géneros que se encuentran muy próximos en la evolución. 

Mediante esta técnica se puede lograr que la variedad que queremos mantener por sus características estéticas, organolépticas o morfológicas permanezca sin alteraciones, al tiempo que le proporcionamos una base que le va a permitir superar mejor las dificultades que se le presenten, como por ejemplo, las que aparecen cuando se planta una especie en una zona que no le es del todo propicia. De esta forma, factores ambientales, como pueden ser las heladas, los vientos, el estrés hídrico, el encharcamiento o el pH, por citar algunos de ellos, podrán ser enfrentados con más garantías de éxito. Así, por ejemplo, si injertamos al membrillero, que no puede sobrevivir en terrenos calcáreos, sobre un patrón de espino albar, (Crataegus monogyna) lograremos cultivarlo sobre suelos con un índice calcáreo superior. Además, gracias a esta técnica, podemos proporcionar mayor resistencia a aquellas especies que suelen ser frecuentemente atacadas por parásitos o invertebrados a nivel radicular.


Ejemplar silvestre de espino albar (Crataegus monogyna) en plena floración




Como vemos, la naturaleza del patrón o portainjerto resulta vital de cara a la obtención de un injerto viable y productivo, no sólo en lo que se refiere a la compatibilidad entre los dos elementos que lo integran, sino también en cuanto a su vitalidad, dureza y buena adaptación a las condiciones ambientales reinantes. Es por ello que las plantas obtenidas a partir de semillas de ejemplares silvestres, cuyo acervo genético guarda todo su potencial adaptativo, se convierten en una poderosa herramienta, que nos puede ayudar a mejorar nuestra producción. Entre las más de cuarenta especies que cultivamos en Viveros Talaia, existen algunas que se han demostrado apropiadas para ser utilizadas como portainjertos. 


Ejemplar de peral silvestre (Pyrus cordata) en una zona muy expuesta sometida a fuertes vientos 


A continuación, les mostramos una lista de las relaciones más destacadas entre distintas especies. Aquellas escritas en negrita son plantas producidas por viveros Talaia.

El endrino (Prunus spinosa) puede funcionar como portainjertos para:

              - Almendro
       - Melocotonero
        - Paraguayo
          - Ciruelo
          - Albaricoquero

El espino albar (Crataegus monogyna) se puede utilizar con:

      - Peral
      - Membrillo
      - Acerolo (Crataegus azarolus)
      - Níspola (Mespilus germanica)
      - Níspero del Japón
      - Peral Nashí

El peral silvestre (Pyrus cordata) funciona como patrón con:

       - Peral
       - Membrillo
       - Acerolo
       - Níspola (Mespilus germanica)
       - Níspero del Japón

El manzano silvestre (Malus sylvestris) sirve de portainjertos a:

      - Peral
      - Manzano

El serbal (Sorbus sp) sirve como portainjertos de:

      - Acerolo
      - Membrillo
      - Níspola (Mespilus germanica)
      - Níspero del Japón
      - Peral Nashí

Especies del género (Quercus spp) pueden ser portainjertos del castaño.

El castaño silvestre (Castanea sativa) es compatible con el castaño cultivado, al igual que ocurre con el avellano silvestre (Corylus avellana) y el cultivado.

El cerezo silvestre (Prunus avium) puede actuar como portainjertos de cerezo y guindo.

La cornicabra (Pistacia terebinthus) y el lentisco (Pistacia lentiscus) son buenos portainjertos del pistacho.

jueves, 11 de enero de 2018

Las plantas silvestres, útiles formadoras de setos vivos en jardinería

Cuando viajamos por la Cornisa Cantábrica, todavía podemos ver espacios rurales bien conservados, que nos muestran un tipo de paisaje cultural modelado durante siglos por la mano del hombre, en donde coexisten prados, huertas, pequeños bosquetes y edificaciones junto a plantaciones forestales. Esparcidos por doquier, vemos diferentes elementos que el hombre ha utilizado tradicionalmente para compartimentar y separar las distintas propiedades.

Paisaje reticulado a base de setos vivos formado por prados, huertas, reductos de bosque, núcleos rurales y plantaciones forestales 


En unos casos muros de piedra, en otros setos vivos y, en aquellos lugares donde la dedicación a las actividades más tradicionales se ha ido abandonando, han ido adquiriendo un notable protagonismo antiestéticos cerramientos a base de mallas, verjas o, incluso, somieres.

Muro de piedra antiguo colonizado por aladierno (Rhamnus alaternus) y hiedra (Hedera helix


Somieres cerrando una finca separada del resto del terreno mediante alambrada

No cabe ninguna duda que, de todos ellos, es el seto vivo natural el que tiene un mayor valor ecológico. Sus especies integrantes forman parte de los bosques propios de la zona y han sido seleccionadas y favorecidas por el hombre a lo largo de la historia para crear esos muros vegetales.  Desde un punto de vista ecológico, reportan múltiples beneficios. 

Seto vivo separando fincas formado por arbustos como aligustre (Ligustrum vulgare), morrionera (Viburnum lantana) y espino albar (Crataegus monogyna)


Con el paso del tiempo, el paisaje rural se ha ido transformando. Usos tradicionales de la tierra han sido abandonados, y las urbanizaciones y las viviendas unifamiliares, que cuentan con pequeños terrenos particulares aledaños, han terminado por diseñar un nuevo paisaje. En un intento por conseguir privacidad y sustraerse de la miradas indiscretas, sus nuevos moradores han protegido sus fincas con cerramientos a base de árboles y arbustos alóctonos o foráneos.

Las especies de árboles más frecuentemente utilizadas son Thuja plicata, procedente de Norteamérica, y sus variedades, y Cupressocyparis leylandii, híbrido originado en Gales central a partir de dos especies procedentes de Norte América, C. macrocarpa y Chamaecyparis nootkatensis. En cuanto a los arbustos más empleados en cerramientos destacan Photinia x fraseri, híbrido también llamado Photinia Red Robin, cuyo género procede de Asia; Cotoneaster lacteus, oriundo de China, y Pittosporum tobira, originaria del sur de Japón y Este de China.

Son varios los factores que explican la sustitución en nuestros setos vivos de las plantas autóctonas por otras procedentes de países lejanos. Por un lado, se demandan plantas con crecimiento rápido, que, en el menor tiempo posible, proporcionen la máxima cobertura: indudablemente dichas especies lo brindan. Por otra parte, son plantas que en un principio resultan exóticas y poco vistas: fenómeno puntual y efímero, que se termina cuando la mayoría de fincas y jardines recurren a las mismas especies. Un buen ejemplo de esto último son los plumeros de la Pampa: sensación de belleza cuando se comenzaron a ver en los jardines y sensación de hartazgo al percibirlos ocupando gran parte del paisaje. Finalmente, no habría que olvidar el gran desconocimiento que buena parte de la población tiene de nuestras plantas, de las distintas especies que existen y de sus enormes posibilidades de cara a una jardinería sostenible e, incluso, económica.

Sin embargo, se ha comprobado que la utilización de especies de árboles de crecimiento rápido, como, por ejemplo, la Tuya o los leylandis, conlleva importantes riesgos. Los árboles, por definición, tienden a desarrollar sus ramas a una cierta altura del suelo, por tanto, pasados algunos años, empezarán a dejar huecos por abajo, clareándose el seto de forma progresiva. Además, sus raíces, diseñadas para soportar y anclar árboles de gran envergadura, alcanzan enormes desarrollos, que, en muchos casos, pueden llegar a generar graves problemas, pudiendo afectar al propio edificio, si se han plantado próximos a él. Todos hemos visto, en nuestras ciudades y pueblos, árboles plantados hace años, que, cuando alcanzan grandes proporciones, terminan provocando con sus raíces problemas en aceras y carreteras. 

Ciertamente este tipo de inconvenientes no afectan a los arbustos mencionados.  Sin embargo, no hay que olvidar los riesgos que se derivan de su carácter alóctono o foráneo.  Todas las plantas citadas anteriormente son productoras de frutos; los cuales han sido seleccionados por la evolución para dispersarse y perpetuar el organismo mediante la semilla que lleva en su interior. Para ello se han dotado de diferentes estrategias, como, por ejemplo, desarrollar colores atractivos, pulpas dulces, expansiones que facilitan su diseminación por el viento, etc. Es decir, nada impide que los frutos de las plantas exóticas empleadas en nuestros setos y cierres puedan ser dispersados y prosperar en el medio natural como otra especie autóctona cualquiera, con el riesgo de terminar convirtiéndose en una nueva especie invasora. Esto dependerá únicamente de lo agresiva que sea y de su capacidad de desplazar a otras especies. Concretamente, dos de las especies mencionadas anteriormente, Cotoneaster lacteus y Pittosporum tobira, ya se han naturalizado en la CAPV y resulta frecuente su presencia en hábitats antrópicos como bordes de carreteras y espacios naturales y seminaturales cercanos a la costa.



Extracción de  pies sueltos de Pittosporum tobira que ha conseguido prosperar  sobre los acantilados. Al fondo se pueden ver numerosas edificaciones que han utilizado dicha planta para hacer sus cerramientos



Semillas de  Pittosporum tobira sobre la arena esperando su oportunidad para germinar


Por todo ello, es necesario hoy en día insistir en que entre las plantas autóctonas existe una gran variedad de especies que, durante siglos, han cumplido la misión de separar fincas en el mundo rural y que pueden ser empleadas para hacer nuestros cerramientos. El laurel (Laurus nobilis), el aladierno (Rhamnus alternus), el cornejo (Cornus sanguinea), el lentisco (Pistacia lentiscus) o el madroño (Arbutus unedo), son sólo algunas de ellas. Cualquiera de estas especies puede formar setos de gran belleza por su floración, fructificación y color de sus hojas; admiten tratamientos de poda, se encuentran perfectamente adaptados a las condiciones ambientales de la zona, requieren pocos cuidados, pueden servir de alimento a las aves frugívoras y en ningún caso van a generar problemas de invasiones. Además, si combinamos varias especies a la hora de hacer el seto, podremos limitar el desarrollo de plagas, ya que la aparición de estas está íntimamente relacionada con la expansión de los monocultivos. Asimismo, a través de estas combinaciones dotaremos de mayor cromatismo al conjunto. 


Seto monoespecífico de Cupressocyparis leylandii afectado por Phytophtora sp



Seto utilizado para separar fincas formado por distintas especies, entre ellas destaca el cornejo (Cornus sanguinea) con su característico color granate cuando comienza a otoñar


La experiencia adquirida por nuestro equipo técnico a lo largo de todos estos años, tanto a través de los Viveros Talaia, como de los numerosos trabajos realizados, nos demuestra que, si se colocan en el modo y lugar adecuado, las plantas autóctonas son capaces de desarrollar unos crecimientos notables. Por las numerosas ventajas que supone la utilización de estas plantas en jardinería para la creación de setos vivos y sus nulos inconvenientes, junto a los numerosos problemas que ha acarreado y acarrea la utilización de plantas exóticas, creemos que es el momento de  dar un cambio hacia una jardinería ambiental sostenible, que, lejos de empobrecer nuestro patrimonio natural, contribuya a mantenerlo y mejorarlo.